“Me prometí que nunca más llevaría a un niño a cirugía llorando”: cirujano viste a sus pacientes como superhéroes para que no tengan miedo de entrar al quirófano
Entrar a un quirófano puede ser una experiencia intimidante incluso para un adulto. Las luces, los pasillos del hospital, el personal médico, los equipos y la incertidumbre ante un procedimiento pueden generar nerviosismo. Para un niño, que muchas veces no comprende por completo lo que está sucediendo, el miedo puede ser todavía mayor.
Precisamente por eso, la historia del médico brasileño Leandro Guimarães ha llamado la atención de miles de personas. Su manera de acompañar a los pacientes pediátricos antes de una operación demuestra que la medicina no se limita únicamente a diagnósticos, medicamentos o procedimientos: también puede incluir empatía, creatividad y una buena dosis de imaginación.
Según la historia que se ha difundido sobre su trabajo, Guimarães, especialista en otorrinolaringología, decidió transformar uno de los momentos que más temor puede provocar en un niño en una experiencia completamente diferente.
En lugar de llevarlos al quirófano concentrándose únicamente en el procedimiento, permite que algunos de sus pequeños pacientes se conviertan, por unos minutos, en sus superhéroes favoritos.
Batman, Flash y otros personajes forman parte de una iniciativa cuyo objetivo es sencillo pero poderoso: conseguir que el niño se sienta seguro y acompañado antes de una cirugía.
Una promesa que cambió su manera de tratar a los niños
La filosofía del médico puede resumirse en una frase que se ha convertido en el centro de su historia:
“Me prometí que nunca más llevaría a un niño a cirugía llorando”.
Detrás de esas palabras existe una reflexión importante.
Un procedimiento médico puede ser necesario, pero eso no significa que la experiencia tenga que estar inevitablemente asociada con miedo, angustia o lágrimas.
Los profesionales de la salud que trabajan con pacientes pediátricos saben que comunicarse con un niño exige herramientas diferentes a las utilizadas con los adultos.
Explicar técnicamente lo que sucederá puede resultar insuficiente. Un niño pequeño quizá no comprenda conceptos médicos, pero sí comprende perfectamente un juego, una historia o la sensación de convertirse en un personaje que admira.
Guimarães habría encontrado precisamente allí una forma de acercarse a sus pacientes.
En lugar de decirles solamente que “no tengan miedo”, intenta proporcionarles una razón para sentirse valientes.
Los pequeños pacientes eligen a su personaje
Uno de los detalles que ha hecho tan popular esta iniciativa es que cada niño puede participar activamente en la experiencia.
Antes del procedimiento, se le permite escoger un disfraz.
La elección puede depender del personaje con el que se identifique o del héroe que más le guste en ese momento.
El cambio parece sencillo, pero desde el punto de vista emocional puede representar algo importante.
Por unos minutos, el paciente deja de sentirse como un niño que está siendo llevado a una cirugía y empieza a imaginar que es un héroe preparándose para una misión.
En algunos videos y relatos difundidos sobre esta iniciativa se describe al médico caminando por los pasillos acompañado por niños vestidos de superhéroes.
Algunos avanzan corriendo junto a él.
Otros son cargados sobre sus hombros.
La atmósfera, que normalmente podría estar dominada por la preocupación, se convierte así en un momento de juego.
No se pretende negar la realidad médica ni hacer creer al pequeño que no existe un procedimiento. El objetivo es disminuir la tensión que puede acompañarlo y ayudar a que el niño llegue al quirófano en mejores condiciones emocionales.
El juego como herramienta para enfrentar el miedo
La idea de utilizar el juego en entornos hospitalarios no es completamente nueva.
En muchos hospitales existen programas de acompañamiento infantil, especialistas en vida hospitalaria, actividades recreativas y organizaciones dedicadas a llevar música, teatro o personajes a pacientes pediátricos.
La razón es comprensible.
Para los niños, jugar no es solamente una forma de entretenimiento. También es una de las maneras mediante las cuales comprenden lo que ocurre a su alrededor.
Cuando una situación desconocida se transforma en una historia conocida, puede resultar menos amenazante.
Un niño quizá no entienda todas las razones por las cuales necesita una cirugía, pero sí puede entender algo como: “Hoy tienes una misión y necesitas ser valiente”.
Esa pequeña transformación de la narrativa puede modificar completamente la manera en que vive los minutos previos al procedimiento.
Una experiencia que comenzó años antes
La sensibilidad de Leandro Guimarães hacia este tipo de acompañamiento aparentemente comenzó mucho antes de convertirse en especialista.
De acuerdo con la historia compartida sobre su trayectoria, cuando todavía estudiaba medicina participó en actividades relacionadas con grupos de payasos hospitalarios.
Ese tipo de iniciativas busca llevar momentos de alegría a personas hospitalizadas, particularmente niños.
La experiencia habría sido determinante para su manera de comprender la relación entre médico y paciente.
Durante la formación universitaria, los futuros médicos aprenden anatomía, fisiología, farmacología, cirugía y numerosas disciplinas indispensables para ejercer la profesión.
Sin embargo, el contacto con los pacientes también enseña algo que ningún libro puede explicar completamente: la importancia de comprender cómo se siente la persona que está delante.
En el caso de un niño, esa comprensión puede marcar una enorme diferencia.
No se trata solamente de una cirugía
La idea del disfraz representa algo más profundo que una fotografía llamativa.
En realidad, el centro de la iniciativa está en la confianza.
Los niños pueden sentirse vulnerables cuando se encuentran en un hospital. Muchos no entienden por qué deben separarse temporalmente de sus padres o entrar a una sala llena de personas desconocidas.
Por eso, establecer una conexión previa con el médico puede ayudar.
Cuando el profesional deja de ser simplemente “el doctor que realizará la operación” y se convierte en alguien que juega, conversa y acompaña al pequeño, la percepción puede cambiar.
La confianza también puede facilitar la experiencia de los padres.
Para una madre, un padre o cualquier familiar, ver a un niño entrar llorando a un quirófano puede resultar muy difícil.
Observar que entra sonriendo, jugando o sintiéndose como su personaje favorito puede ofrecer cierta tranquilidad en un momento naturalmente lleno de preocupación.
El disfraz se convierte en un recuerdo
Otro detalle especial de esta iniciativa es lo que ocurre después del procedimiento.
Según los relatos difundidos, los disfraces no necesariamente se quedan en el hospital.
Los niños pueden llevárselos a casa.
De esta manera, aquello que inicialmente sirvió para disminuir el miedo puede terminar convertido en un recuerdo de una experiencia que lograron superar.
Algunos pequeños incluso regresarían a sus citas de seguimiento vistiendo el mismo traje.
Ese comportamiento resulta especialmente significativo.
Si un niño vuelve al consultorio utilizando el disfraz con el que entró a cirugía, la experiencia deja de asociarse únicamente con médicos, agujas o procedimientos.
También queda vinculada con una historia en la que él fue protagonista.
Y en esa historia, fue valiente.
Cuando los pacientes quieren volver con el mismo médico
La confianza generada por la experiencia habría llegado a situaciones curiosas.
Según se ha contado sobre Guimarães, algunos niños han pedido posteriormente que sea él quien los atienda nuevamente, incluso cuando el problema médico no corresponde exactamente con su especialidad.
Esto puede entenderse como una señal del vínculo que logra construir con ellos.
Para un paciente infantil, recordar a un profesional de la salud como alguien que lo hizo sentir seguro puede ser una experiencia importante.
También demuestra que el trato humano puede influir en la percepción que una persona desarrolla sobre los hospitales desde temprana edad.
Una experiencia médica difícil no necesariamente desaparece de la memoria, pero una atención respetuosa puede ayudar a que sea vivida de una manera menos angustiante.
Una historia que ha recorrido las redes sociales
Las imágenes relacionadas con esta forma de acompañar a los niños han circulado ampliamente en internet.
No resulta complicado entender por qué.
En medio de una enorme cantidad de publicaciones negativas que diariamente aparecen en redes sociales, observar a un médico caminando por un hospital junto a un pequeño Batman o corriendo con un niño vestido como Flash genera una reacción distinta.
Las escenas transmiten cercanía.
También recuerdan que pequeños gestos pueden cambiar completamente un momento complicado.
Muchas personas han destacado la creatividad del especialista, mientras otras han resaltado especialmente su capacidad para ponerse en el lugar de sus pacientes.
El reconocimiento a una manera diferente de ejercer la medicina
En las publicaciones que cuentan su historia también se señala que su labor fue reconocida en 2025 con el WEmbrace Award.
Más allá de cualquier premio, sin embargo, el aspecto que más ha conectado con el público es la respuesta de los propios niños.
Un reconocimiento institucional puede destacar una iniciativa, pero la confianza de un paciente infantil resulta imposible de fabricar.
Cuando un niño que tenía miedo termina entrando al quirófano participando en un juego, ya existe un resultado emocional importante.
Eso no reemplaza la calidad médica, la seguridad quirúrgica ni los protocolos hospitalarios.
Los complementa.
Humanizar la medicina también importa
Historias como esta ponen sobre la mesa una conversación cada vez más relevante: la necesidad de humanizar la atención médica.
La tecnología ha avanzado enormemente.
Hoy existen procedimientos menos invasivos, equipos sofisticados, mejores técnicas de diagnóstico y tratamientos que hace pocas décadas parecían imposibles.
Sin embargo, ninguna máquina puede reemplazar por completo la empatía entre una persona y otra.
En pediatría, esa empatía adquiere características particulares.
Hablar con un niño requiere paciencia.
Escuchar sus preguntas requiere tiempo.
Reconocer su miedo requiere sensibilidad.
Y encontrar una manera de transformar ese miedo puede requerir creatividad.
El disfraz de superhéroe utilizado por Guimarães puede parecer un detalle pequeño, pero justamente allí está buena parte de su valor.
No modifica la cirugía.
Modifica la experiencia de quien debe enfrentarla.
Los padres también forman parte del proceso
No debe olvidarse que una intervención pediátrica afecta emocionalmente a toda la familia.
Mientras el niño enfrenta su propia incertidumbre, sus padres pueden experimentar preocupación, ansiedad y temor por el resultado del procedimiento.
Por eso, crear un ambiente más tranquilo alrededor del pequeño también puede beneficiar indirectamente a quienes lo acompañan.
Verlo sonreír antes de entrar puede convertirse en un momento que los padres recuerden durante mucho tiempo.
Además, refuerza la sensación de que el profesional encargado de atender a su hijo no está interesado únicamente en la enfermedad, sino también en la persona que está tratando.
Cada niño enfrenta el miedo de manera diferente
Naturalmente, ninguna estrategia funciona exactamente igual para todos.
Algunos niños pueden entusiasmarse inmediatamente con un disfraz.
Otros pueden preferir una conversación tranquila, llevar un juguete o permanecer cerca de sus padres durante el mayor tiempo posible.
Por eso, la atención pediátrica debe adaptarse a la personalidad y las necesidades de cada paciente.
Lo importante detrás de iniciativas como esta no es que todos los hospitales deban utilizar exactamente el mismo método.
La enseñanza principal es reconocer que el estado emocional del niño también merece atención.
Un buen profesional puede buscar diferentes maneras de conseguirlo.
La verdadera fuerza detrás del traje
Los superhéroes de los cómics suelen enfrentarse a situaciones imposibles utilizando poderes extraordinarios.
Los niños que entran a un quirófano enfrentan algo muy diferente, pero para ellos puede sentirse igualmente enorme.
El traje no les concede poderes reales.
Lo que sí puede hacer es recordarles que son capaces de enfrentar aquello que les produce miedo.
Y mientras un pequeño Batman camina por un pasillo hospitalario o un Flash corre de la mano de su médico, ocurre algo que va mucho más allá de una escena tierna para las redes sociales.
Durante unos minutos, el hospital deja de parecer un lugar completamente desconocido.
La cirugía deja de sentirse solamente como algo aterrador.
Y el médico deja de ser un extraño vestido con bata.
Se convierte en un compañero de aventura.
Ese parece ser el verdadero corazón de la historia de Leandro Guimarães: comprender que curar y acompañar no siempre son acciones separadas.
A veces, una buena atención médica necesita ciencia.
Y en otras ocasiones, también puede necesitar una capa.
